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Again with the Blues

LOS INCREÍBLES, PERO CIERTOS, REPORTAJES DE AGAIN.

Entrevistamos a la Muerte

(1ª parte):

 (TheEnd Press).-

Queridos niños, niñas y seres humanos sin género definido, nos disponemos a ofreceros hoy lo que sin duda es una primicia periodística. Cuando, tras una cuidadosa labor de arqueología archivística, revisamos y reconstruimos incluso muchos de nuestros números ya publicados, descubrimos con cierta consternación que, aparte de los increíbles documentos en los que os narrábamos la Creación y entrevistábamos al mismísimo Dios, averiguando así que su auténtico nombre es Eukelele, carecíamos sin embargo de información fiable acerca del gran misterio total: la Muerte.

De esta forma, nuestro audaz equipo de reporteros se puso en movimiento y, en contra de toda esperanza, pudo recoger, para vosotros este increíble y espeluznante documento gráfico que os ofrecemos con toda intención, para que no se diga que nuestra revista se duerme en los laureles o que está muerta.

Os ofrecemos pues, la primera parte de este alucinante documento:

 (La cámara nos muestra una habitación sencilla, casi austera, pero sin embargo cómoda en cierta manera indefinible. Paredes blancas, ventanas coquetas que se abren a un paisaje desértico. En la habitación hace un poco de frío. La Muerte está sentada en una mecedora de madera negra y tiene los pies debajo del tapete de una mesa camilla. Al contrario de lo que todos pensábamos no es un esqueleto siniestro y sobrecogedor ataviado con una capucha negra.

¡Qué va!

Es un esqueleto blanquísimo, sonriente, siniestro, sobrecogedor que te cag…que defecas, acojonante  vamos, que te mira con unas órbitas vacías en las que brilla un fulgor verdoso que parece venir del otro lado de la realidad y para colmo, vestida con una túnica encapuchada de un color rojo sangre tan oscuro que, en las sombras, pequeñas galaxias relucen entre sus pliegues. Al alcance de su mano tiene una guadaña descomunal, tan afilada que corta el aliento (ja, ja, ja, bien os podéis reír, vosotros, que no la estáis viendo. Coj… narices…). La muy cabr… la tía tiene esos dientes blanquísimos y cuando habla se oyen ruiditos como de cosas que corretean por entre su osamenta.

No sabemos muy bien porqué, en vez de encontrarla jugando al ajedrez, la Muerte está haciendo solitarios con un portátil)

 La Muerte-¿Hace un chinchón?

(El reportero palidece un poco: la habilidad de la Muerte con los juegos es legendaria).

El reportero.- Bueno. Pero jugar por jugar ¿eh? No apostamos nada ¿eh?...

M (como tosiendo).- Aatjuumm ¡Kagao!

R.- ¿Eh?

M.-Naaaaa. Solo tosía. Es que el frío se me mete en los huesos. Esta tos me va a matar.

 (Ja, ja, ja. Bien podéis reírle los chistes, vosotros, ahí en vuestras casas)

(El reportero se sienta en la silla, al otro lado de la mesa. No lo parece, pero el ángulo de su silla es exactamente el apropiado para poder salir por pies en centésimas de segundo. Tampoco lo parece, pero al mover la silla, la ha colocado a una distancia de la Muerte que supera exactamente en diez centímetros el largo de la bendita guadaña. Una larga vida de entrevistas arriesgadas ha dejado su poso en la personalidad del reportero.)

R.- Muy bien, señora Muerte

M.- Señorita

R.- Muy bien, señorita Muerte ¿podemos empezar?

M.-Adelante. No tengo nada que ocultar (se abre la túnica y muestra los espacios vacíos que hay en su inmaculada caja torácica. Los huesos parecen relucir y su imagen se queda un rato como flotando en los ojos del reportero)

R.- Díganos, señorita Muerte… ¿por qué?

M.- ¿Por qué que?

R.- Es decir ¿qué sentido tiene? ¿para qué está usted en el Universo? ¿De qué vale?

M.- ¿Cómo que de qué valgo? ¿Es que no es evidente?

R.- Esteeee… no.

M.-Pues fácil, bacín: si no hubiera muerte, las moléculas autorreplicantes habrían convertido al Universo conocido en una sopa homogénea de moléculas iguales a sí mismas a los pocos minutos de iniciarse la vida. Si no hubiera muerte, no habría evolución de las especies. Nunca habrías podido hacerme esta pregunta. Si no hubiera muerte, la vida, en realidad ni siquiera habría existido. Si no fuera por mí ¿quién iba a estar ahora haciéndose preguntas absurdas sobre mi existencia?

A un nivel más banal, si no hubiera muerte, no tendrías sexo, ni tampoco judías con chorizo, ni cervecilla Guinness. Diantre, ni siquiera tendrías sitio para sentarte, tontolhaba. ¿Qué te quedaría en el Universo? Yo te lo diré: un prolongadísimo más-de-lo-mismo-otra-vez-yo-que-rollo que no te puedes ni imaginar. Parecido al asfalto, vamos.

R.- O sea que usted se considera indispensable.

M.- ¿Indispensable? Yo soy lo mejor que le ha pasado al Cosmos desde la invención de… desde la… de… desde su… Bueno, yo soy lo mejor.

(La Señorita Muerte pasa un dedo por la barbilla del reportero. Susurra sensual). Yo soy, el cambio, la novedad, soy lo desconocido, la aventura, la receta contra el aburrimiento.

(Se pone bruscamente de pie. El reportero tiene una súbita e intensa sensación de humedad en sus pantalones) ¡¡Dame una M!!, ¡¡Dame una U!!, ¡¡Dame una E!!, ¡¡Dame una R!!...

(La Muerte ensaya una coreografía de cheerleader con la guadaña que, para qué negarlo, pone un poco nervioso al reportero)

R.- (Interrumpiendo las entusiásticas efusiones) Y díganos, señorita Muerte. ¿Lo suyo es así como improvisado, al azar o está de alguna forma planificado? Quiero decir… ¿Esta escrito eso de cuándo y dónde debemos morir?

M.- Nooooo. Planificado no improvisado. Quícir. Al azar no determinado. En esas frases debería haber un  par de comas, pero coñ…demonios, no me acuerdo dónde. En fin, ese es el problema que tienen las escrituras…

R.-Ya… Bueno… Esteee…¿y qué hace usted exactamente con la gente? ¿Dónde los lleva? ¿Hay otro mundo más allá?

M.-Yo no los llevo a ninguna parte. Si yo me los llevara a algún sitio, no existirían los cementerios…

R.-Yaaa. Pero coincidirá conmigo en que un cadáver es algo bastante diferente de esa misma persona cuando estaba viva. Parece algo así como  que se hubiese vaciado de algo que la llenaba. De la vida, vamos.

M.- Coincido, coincido.

R.- ¿Y bien?... ¿Qué pasa con la gente cuando se muere?

M.- Quieres saber, qué pasará contigo ¿no?. A ti el resto de la humanidad te la pela (por usar una expresión elegante). Tu quieres saber qué va a pasar contigo…

R.- (Glup) Sí, buenoooo, esteee, yoooo…

M.-(Soñadora) Cambiarás bonito mío. Cambiarás. Dejarás de vivir y una parte esencial de lo que eres ahora habrá llegado a su fin. La otra se quedará para alimentar nuevas generaciones de criaturas vivientes…

R.- Pero, señorita Muerte…

M.- Llámame Mildred, tesoro.

R.- Pero…Mildred…¿qué es lo que pasará con mi consciencia?

M.-Aaaay tontorrón. Tu crees que la consciencia está en alguna parte de tu cuerpo. En el  cerebro seguramente ¿a que sí?. No te preocupes, mi cielo: la consciencia es una propiedad del Universo, una, digamos, ley física. No hay cambios en la gravedad cuando un cuerpo muere y sus moléculas se disgregan. Tampoco hay cambios en la consciencia. Pero que conste que tu consciencia no eres tu. La consciencia no es, hablando en propiedad, tuya. Tu sólo eres un efecto de la consciencia sobre la materia. Algo así como las mareas son el efecto de la fuerza de la gravedad…

Me aburro… ¿por qué coñ…puñetas os ponéis todos tan metafísicos conmigo? ¿quieres coger carta de una vez?

R.- ¿Entonces…no nos llevas a ningún sitio?

M.- Mesigoaburriendoooo…

(El reportero pone una carta. La señorita Muerte la coge, enseña su impresionante caja de dientes en lo que quizá sea una sonrisa –es el problema de no tener cara- y muestra sus cartas) ¡¡¡Chinchón!! ¡¡Gané otra vez!!!...

Mira, chiquitín, vamos a ir cortando ¿vale? Ya te lo he dicho antes: yo soy el Cambio. En realidad yo permito la vida. Yo –piénsalo- en realidad soy la Vida, tío.

R.- Yaaaa. Pero…señorita Mu… Mildred… ¿y YO?

M.- Tu en realidad no existes, chiquitín. Así que, aprovéchate de esta ocasión. Bebe cerveza. Haz el amor. Escribe algo bonito. Monta en globo. No pierdas el tiempo embobado con el fútbol en la tele. Juega. Dale un besito a alguien que está cerca de ti y que se sentiría muy halagada (vuelve a mostrar la caja de dientes. Sin duda sus pestañas habrían aleteado seductoras, pero, ya lo hemos dicho: es el problema de no tener cara. El caso es que el reportero no se cosca de qué va el rollo)

R.-Pero…¿qué finalidad tiene?

M.-Ya te lo he dicho, sobobo: mi único fin es hacer posible el Cambio…¿otra partidita? Tengo que salir a trabajar. Tengo Huracán a las cuatro y asesinatos múltiples, pero nos da tiempo. ¿Te apetece venir conmigo? Sólo como amigos, no es una cita ni nada de eso…

(El reportero, visiblemente pálido, baraja de nuevo. La señorita Muerte corta (sí claro, reíros ahí tranquilos en vuestras casas) y se reparten las cartas. Mildred, la señorita Muerte, se balancea en la mecedora. No está muy claro si los ruidos rechinantes que se escuchan salen de la madera vieja o de sus rótulas. Mira con deleite al reportero. Está claro que le gusta)

 

(continuará)

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